Ironman 5150

En la vida, carreras hay muchas. Todas se disfrutan. Pero hay algunas que resultan especiales. Esas que te marcan a fuego. El Ironman 5150 fue una de ellas.

La organización fue excelente. Desde el armado de la competencia hasta el trabajo de los voluntarios (que merecen un aplauso aparte), fue impecable. El atleta se siente «la estrella» y eso es muy importante. Cuando las cosas están bien pensadas desde el punto de vista de la organización, el atleta se relaja y puede enfocarse en disfrutar de la competencia. Eso me pasó en este triatlón.

Ya es bien sabido mi miedo al agua. En los dos años y pico que llevo desde que metí la cabeza en el agua por primera vez, nunca sentí que mi fobia se hubiera ido. Sino que convivo con ella, en un tire y afloje donde es minuto a minuto a ver quién gana: si mis ganas de hacer los desafíos o el pánico que me paraliza antes de hacerlos. Este Ironman 5150 me permitió sentirme bastante cómoda con el agua. Sentí que pudimos llevarnos bien. Y eso es algo glorioso. En primer lugar, el sistema de rolling start permitía una salida continua de atletas. Te sentabas en esa especie de «pasarela flotante» y al agua. La rapidez de la situación no te permitía analizar demasiado y eso le sacó ventaja a mis miedos. El agua, limpia y tranquila, daba una mayor atracción a la prueba. Digo limpia porque tragué un par de sorbos en uno de los varios golpes que me ligué de los que venían a fondo en la prueba y el sabor no me desagradó como pensaba que iba a pasar.

38 minutos y afuera del agua. Empezaba la primera transición. Yo estaba feliz por mi tiempo, por mis sensaciones. En algunos momentos me asusté, pero logré apaciguar mis fantasmas. Además, siempre veía a mi alrededor gente de la organización custodiando a los nadadores y eso siempre da tranquilidad. Los 30 guardavidas en botes, kayaks y motos de agua dieron una cuota extra de seguridad.

Ironman 5150

La bicicleta fue mi parte más floja. El recorrido fue tranquilo (aunque ventoso), pero no pedaleé a la velocidad que hubiese querido. Igual me sentí bien. Fui relajada y hasta diría disfrutando. La organización, siempre presente, en el recorrido, al igual que la asistencia técnica de Shimano.

Al llegar a la segunda transición, gel mediante, llegó la parte del running. Al principio, el salto de pedalear a correr da esa sensación extraña en las piernas, pero después respondió todo bien. La hidratación, ver a mi marido en el camino, y el aliento de los que uno se cruzaba en el recorrido eran una inyección de energía. Y a las 3 horas 26 minutos crucé la meta. Ufffff la alegría que tenía (y tengo). El apoyo incondicional de mi marido y mis padres me fortalecieron en todo momento. Sin ellos, todo sería diferente. Ahora, sinceramente, sigo sin poder creerlo. La experiencia me hizo ganar confianza para el Ironman 70.3 dentro de dos semanas en Nordelta. Una prueba muy difícil para mi, pero a la cual estaré poniéndole todo. Ilusiones y ganas no faltan.

Pasaron las horas y la medalla sigue colgada en mi pecho. Si la felicidad se puede expresar en una imagen, seguramente es esta.



0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *